domingo, 10 de enero de 2021

Más fuego, más viento de Susanna Tamaro

 

“TheLibrook, un espacio para los amantes de los libros”
Hoy presentamos: Más fuego, más viento de Susanna Tamaro  



Susanna Tamaro nació en Trieste en 1957, es descendiente del gran escritor Italo Svevo. Tal parece que su vida literaria, desde el principio, estuvo destinada al éxito. Con su primera novela: La cabeza en las nubes, ganó el premio Elsa Morante y con Para una voz sola, el Pen Club Internacional. Su novela Donde el corazón te lleve la consagró como una figura literaria implacable, vendiendo millones de ejemplares alrededor del mundo. Cabe mencionar, como no queriendo la cosa, que no soy un lector asiduo de los denominados best sellers, por una cuestión más bien de mercado que de contenido; tampoco afirmo ni que un libro vendible sea bueno o malo. Lo que es un hechos y pasa con frecuencia, es descubrir obras inteligentes, con estilos depurados, ágiles, maduros y refinado, no logren convertirse en “libros famosos” y vendibles al mismo tiempo. Claro está, también es posible encontrarse con libros de alto contenido literario y, al mismo tiempo, vendibles, los libros de Susanna Tamaro consiguen hacerlo.

 

Más fuego, más viento fue un viaje espiritual hacia el interior del corazón; un viaje que me dejó un hueco profundo en mi pecho, en mi ser y en mi imaginación, dejando en manifiesto la profunda herida que todavía, de cuando en cuando, me produce esa sombra y quebranto del pasado. Y  confieso también, que conforme realicé este viaje epistolar –que comprende un año de cartas entre la autora y una amiga imaginaria—, comprendí el camino tan importante y necesario de la restauración. En este sentido, este libro bien podría parecer o convertirse en una suerte de curso sobre la sanidad del corazón y el alma. Es conmovedor en una palabra, su estilo cuidado, está construido con una bellísima pluma entre la elegancia, la profundidad y verosimilitud de sus personajes, así como la historia que devela la experiencia que alcanzan algunos con los años; está lleno de sabiduría, es honesto, da la impresión de haber asistido a una larga conversación entre dos mujeres que hablan de la vida, el corazón, el alma, el Espíritu y el camino para descubrir la luz y la oscuridad latente y vibrante en cada uno de nosotros.

 

Susanna Tamaro

A decir verdad, no tenía ningún referente previo a Susanna Tamaro, en realidad la descubrí casi por accidente o por azar o mejor aún, por destino, en una de mis muchas visitas a la biblioteca Vasconcelos y apenas abrí la primera página, supe que estaba delante de una obra de magnitudes espirituales. No siempre me voy con lecturas de índole espiritual  (aunque lo maneja de una manera muy cuidadosa, pero contundente, Susanna es una mujer de fe), mas vale la pena asomarse a una de sus páginas y darse la oportunidad de un viaje interior hacia el Espíritu, además tiene momentos y capítulos conmovedores, enseñanzas de vida con ejemplo prácticos y te va a hacer llorar, con seguridad. He descubierto una maravillosa autora, no cabe duda. 

“Toda transformación implica movimiento que va del interior hacia el exterior. Si logró cambiar en profundidad, cambia también el mundo que me rodea. Si cambio sólo las palabras, las ideas, las costumbres mentales, en torno a mí todo se queda como antes. Para cumplirse, la historia espera la redención de los corazones.


Es por esta razón que hemos hablado siempre de lo que nos sucedía adentro y nunca de lo que ocurría afuera. No hemos hablado en nuestras cartas de las guerras y los atentados, de las devastaciones y los abusos, no porque no me haya tocado o herido, al contrario, sino porque no había llegado el momento de afrontarlos. Hemos trabajado sobre el corazón y las entrañas para que naciera un sentimiento de asombro y de atención”.

Foto: Julio Sarabia

 

jueves, 24 de diciembre de 2020

El Eterno Niño

 

El Eterno Niño

 

Es el Eterno Niño, es el dios que faltaba
Es lo humano natural,
es lo divino que sonríe y juega.
Y por eso yo sé con toda certeza
Que él es el Niño Jesús verdadero.
Alberto Caerio.

 

Celestino, anoche encontré el cuerpo de un grillo, ya no se movía, no dormía, estaba muerto. En mi casa, los grillos ya no cantan, tan sólo vienen y se mueren debajo de los libreros y a veces los gatos se los comen. ¿Dónde estás, Celestino?, no ves que le tengo miedo a los fantasmas. Los grillos y lagartijas se mueren debajo de los libreros. Y Celestino que no aparece. Si no llegas, me iré durmiendo hasta despertar en el paraíso. La voz del niñito Celestino no es un canto, incluso a ratos es intraducible y, sin embargo, cuando estoy quedándome dormido, me habla muy bajito y su voz es un rezo y un canto y yo le creo. No te vas a morir –me dice Celestino— ni apretando los ojos bien fuerte, ni comiéndote todos los grillos moribundos de los libreros. La voz de Celestino parte en dos el miedo a los fantasmas y a la muerte. No hay un paraíso, ni los ángeles del cielo resguardarán tu entrada al mundo eterno, dice Celestino mostrándome sus dientes. Y el miedo a morir, se disipa, y la idea del paraíso me parece tan inocente y, por tanto, tan tonta. Celestino atrapa un grillo en la penumbra y sopla en el hueco de su mano. Sopla. Sopla. Sopla y el canto del grillo resuena en el hueco de su mano. ¿Eres un niño divino, Celestino? Y el grillo canta tan fuerte que despierta a los gatos y antes de que amanezca, cientos de grillos cantan sobre mi cama. Eres el niñito dios, Celestino. Abro mis ojos. Ni los grillos, ni los gatos yacen sobre mi cama, ¿dónde están? En su lugar, sobre mi cama, aparece carta escrita con una caligrafía temblorosa:

 

No hay un dios, ni un cielo, ni un niño divino que despierta a los grillos, es un sueño vívido y tú sueñas despierto que estoy contigo y juntos cantamos como los grillos, los jilgueros, los sapos y los niños. Cantamos ¡Aleluya! ¡Aleluya a los grillos que cantan cuando todos están dormidos!  ¡Aleluya a los niños que luchan contra los fantasma! ¡Aleluya tú que estás vivo y yo que soy un niño, un sueño, Santo Celestino!

                                                                           El Eterno Niño.



martes, 15 de diciembre de 2020

Llamadas desde Ámsterdam de Juan Villoro

 

“TheLibrook, un espacio para los amantes de los libros”

Hoy presentamos: Llamadas desde Ámsterdam de Juan Villoro


Editorial: Almadia

La gente que conoce a Juan Villoro, afirma que es un gran conversador, un erudito, un excelente crítico de literatura, pintura y cine, y quizá hasta de cocina. En dos ocasiones, tuve el privilegio (y lo digo de verdad) de platicar con él; la primera hablamos obviamente de literatura, sobre escritores argentinos, chilenos, mexicanos, sobre el entrañable y audaz Monsiváis, sobre la vida, viajes y cuentos de Pitol y por supuesto, de la genialidad de Borges. La segunda, de autores escandinavos, rusos, de Dostoievski y Roberto Bolaño- fue como hablar de una estrella de música rock-, a quien también conoció y tuvo el gusto de llamarlo amigo. En ambas ocasiones me sentí inspirado por su charla, tan bien informada, trazada y con una elocuencia entre el rigor académico y el empedernido lector que es.

 

Admiro a Villoro en principio por su labor como comunicador de su generación, como ávido conocedor de arte, como estudioso de letras y, naturalmente, como conversador, es un tipo apasionado, emociona oírle hablar. No obstante, cuando leo sus cuentos y en esta ocasión, su breve llamada, me deja sentimientos encontrados. Sin duda estamos delante de un escritor muy formado, estudiado y técnico, cuyas historias son redondas, bien planeadas y escritas con exacta maestría, con el riguroso ojo de un crítico y escritor formado. Sí, no hay duda. Pero algo falta, me da la impresión que están tan bien trazadas que carecen de fuego y pasión; sus personajes –al menos en esta novelita de amor—, parecen muy estudiados, como si sus emociones estuvieran más bien calculadas, distantes, casi perfectas creaciones al servicio de una trama bien llevada con una tensión sólida.

 

 Esta es una novela de amor, llevada a través de las conversaciones telefónicas sostenidas entre un ex matrimonio relativamente joven, en la calle de Ámsterdam, en la colonia Hipódromo. Aquí se dan cita las figuraciones, las preguntas, las tretas y las distancias. Nuria y Juan José sólo estando lejos, se logran sentir cerca y pueden volver a hablar después de diez años de matrimonio sin hijos, en la más lineal y distante de las relaciones. La novela se lee rápido y entretiene y eso es un logro, una novela para ser leída en una sentada. 


Foto: Julio Sarabia


miércoles, 9 de diciembre de 2020

La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares

 

“TheLibrook, un espacio para los amantes de los libros”
Hoy presentamos: La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares


“No espero nada. Esto no es horrible. Después de resolverlo, he ganado tranquilidad. Pero esa mujer me ha dado una esperanza. Debo temer las esperanzas. Tal vez toda esa higiene de no esperar sea un poco ridícula. No esperar de la vida, para no arriesgarla; darse por muerto, para no morir. Ya no estoy muerto: estoy enamorado” 




Creo que abordar esta novela y hablar en sí de ella es todo un hallazgo, primero porque es una novela que fue escrita en 1940 y, sin embargo, aborda una historia compleja para su época, aunque no es fortuito, es un momento histórico de revolución científica, aunado al gusto de Bioy por el cine, es decir sobre las historias que se proyecta en una pantalla. Estamos, pues frente a una historia donde los fantasmas son producto de una maquina fantástica, compleja y extraña, la máquina de Morel, el inventor.

 

Es una obra donde las proyecciones cinematográficas alcanzan una suerte de hologramas tridimensionales, donde los personajes de la trama quedan retratados en esta compleja máquina que los reproduce de tanto en tanto. Bioy nos narra en este libro la historia de un ex presidiario venezolano, que refugiado en una isla aparentemente solitaria, se conecta -sorpresivamente y sin saber al principio la naturaleza de su verdadera existencia- con una proyección holográfica, lo más parecido a lo que hoy conocemos como «realidad virtual». El carácter «técnico» de la invención de Bioy en esta novela es el fenómeno generador de una dimensión fantástica diferente, que implica un salto que modifica y crea una convención inédita del género.

 

En La invención de Morel, el protagonista narrador, el ex presidiario que se esconde en la isla, se interroga o pregunta sobre la verdadera existencia de Faustine y los demás habitantes del lugar. ¿Qué es lo real o qué es real? es el dilema o el enigma fundamental en el desarrollo de todo el relato.

 

Desde el punto estético, es una obra bien lograda, muy técnica en su forma, redonda, de hecho es tanto que a ratos me parece un tanto inverosímil, contada en una suerte de diario sin fechas (en esta isla los días suceden en otro tipo de suerte cronológica), el ex presidiario analiza, explora y saca conjeturas con la óptica de un científico y filósofo lo que va viviendo en la isla, tanto que parece una novela muy científica, carente de emociones, apostando más a la veracidad y objetividad de los hechos, que a las emociones, aun cuando el personaje sufre, miedo, confusión, impotencia y desaliento. Paralelamente existe una historia de “amor” donde nuestro protagonista se enamora de una persona que resulta ser una figuración, un fantasma, una invención y, por tanto, una vez sabido esto, la historia da otro giro, el personaje se convierte en una suerte de detective que busca la máquina y la historia detrás ésta.

 

Tengo emociones encontradas después de leer esta novela, me gusta en cuanto a forma, historia, tratamiento técnico; pero en cuanto a la construcción emocional de los personajes, me resulta tan distante y frívola. Bioy apuesta, me parece, a la objetividad de los hechos más que a la esencia y profundidad emocional de los personajes, me sentí con una constante sensación de desaliento, me recordó incluso a esas novelas de Camus o Houellbecq tan deprimentes y desesperanzadoras. No obstante logra atrapar, asombrar, es una obra futurista que hoy, con el auge del cine de ciencia ficción, parece tener otra vigencia.    

 

Foto: Julio Sarabia


“Asombra que el invento haya engañado al inventor. Yo también creí que las imágenes vivían; pero nuestras situación no era la misma: Morel había imaginado todo; había presenciado y había conducido el desarrollo de su obra; yo la enfrenté concluida, funcionando”.

 

La Invención de Morel 

 

 


lunes, 7 de diciembre de 2020

La quinta esquina, Izraíl Métter

 

“Lo más difícil, al recordar la juventud, es limpiarse los pies en su umbral, y entrar en ella desnudo, desprovisto de la experiencia y de los pensamientos actuales”.

 




Esta es una obra bellísima escrita en 1967, nos narra una autobiografía fragmentada de un escritor ucraniano nacido en Járkov, en 1909, y muerto en San Petesburgo en 1996, y que alcanzó una fama singular (como sucede con muchos artistas) cerca del lecho de su muerte.

 

Esta obra póstuma, vio la luz hasta 1989 y narra el perturbador recuerdo que se hace un hombre en el ocaso de su vida. Mettér es un autor de origen judío, y su novela planea sobre dos hechos históricos: la revolución rusa hasta llegar el terrible estalinismo. El mismo, es su propia voz, se estira en la trama de esta novela, de modo que seguimos los acontecimientos de sus propios recuerdos: su formación obligadamente autodidacta, su licencia como profesor de matemáticas que da clase a trabajadores y obreros en Siberia, en el marco de la segunda guerra mundial, donde termina haciendo colaboraciones satíricas anti nazis en la radio, en ese asedio de novecientos días de duración, acaecido entre 1941 y 1944. En todo ello se instalará como centro vibrante de toda la narración los episodios de un amor loco e imposible “como una religión” que duró más de quince años, hasta la desaparición de la bella e inconstante Katia, a manos de la policía.

 

Es un libro hermoso, escritor entre los recuerdos de las cartas entre Zinaída Borísovna y el propio Métter, que pone en marcha la máquina de los recuerdos, permitiéndonos volver junto con él a su pasado, conociendo a sus amigos, su trabajo, la guerra y, como mencioné arriba, el amor que siempre sintió por Katia, una chica singular y refinada que siempre estuvo de un modo u otro cerca del autor.

Me quedo con esa sensación de desasosiego y agradecimiento propio de las obras escritas con semejante fuerza, naturalidad, lágrimas y sangre, tal como la literatura debería seguirse escribiendo, dándolo todo, sin reservarse nada.



 


miércoles, 15 de mayo de 2019




“TheLibrook, un espacio para los amantes de los libros”
Hoy presentamos:
El cuadro de Dorian Gray, Oscar Wilde
Editorial: Catedra
8º libro del año 


“La gente ordinaria esperaba a que la vida le desvelase sus secretos, pero, para unos pocos, para los elegidos, la vida revelaba sus misterios antes de apartar el velo. Esto era a veces consecuencia del arte, y sobre todo del arte de la literatura, que se ocupa de manera inmediata de las pasiones y de la inteligencia”.

Oscar Wilde


¿Te gusta leer? ¿Qué estás leyendo? ¿Por qué te gusta ese libro?

Llevo cerca de diecisiete años leyendo de manera casi ininterrumpida, pero en un principio no fue así, aunque crecí rodeado de libros (mis padres era lectores, sobre todo mi madre). En casa nunca se fomentó el hábito de la lectura, y en realidad los libros eran para mí artilugios anticuados de los adultos, piezas que les daban cierta credibilidad como autoridades domésticas. En resumen: los libros me aburrían y no quería nada con ellos. Recuerdo mi primer contacto con los libros: en cierta ocasión, mientras hojeaba un libro proveniente de uno de los estantes empotrados en la sala de mi casa, mi padre me observaba sin decirme nada, aunque con una mirada inquisitiva. Tomé un libro de portada vieja, lleno de polvo, me senté en un sillón continuo y comencé a pasar las páginas muy rápido. Entonces mi padre se levantó de inmediato, caminó hacia mí y, tomando el libro, me increpó: “¡Esto no es para jugar!”, y devolvió el ejemplar a su lugar. Desde ese día me prometí nada de libros.

Cuando mi padre murió, sus libros y todas sus cosas permanecieron resguardadas en las habitaciones de la casa, y aisladas como un doloroso recuerdo; nadie movió un solo libro en años. Años después, ya entrado en los diecisiete, sentí una inusual comezón por escribir, quizá motivado por mi necesidad de expresar algo muy fuerte en mi interior, además de contar con una imaginación desbordada. Ya sin mi padre, dos amigos suyos tomaron la batuta de mi educación, ambos era grandes lectores.

Fue gracias a Guillem Olivier, amigo de papá, que descubrí el mundo de los libros. Bastó un empujón, un hacer las paces con esos artilugios arcaicos y anticuados que eran para mí los libros. Llevo años diciendo lo siguiente: los libros me salvaron la vida. Sé que la frase parece pretensiosa (y lo es, sin duda); sin embargo, tomando en cuenta mi nula capacidad para otros menesteres prácticos (como la ciencia o los oficios), no sé qué hubiera pasado en mi vida sin los libros y el arte.

Sin duda la influencia de los clásicos fue preponderante en mi elección de lecturas; mis primeros libros fueron autores rusos de principio de siglo xix, poetas malditos, escritores cuyas obras retumbaban en mi ser, a pesar de comprenderlas muy poco. Creo que fue a los veintitrés cuando leí por primera vez De profundis de Oscar Wilde, y  me conmovió hasta las lágrimas. El libro (en realidad era una larga carta) era una confesión abierta sobre el sentir de un hombre consumado por el dolor y la desesperación, y era también la confesión sin tapujos de un artista. Ese día el nombre de Wilde se quedó guardado en mi memoria.


“Todos llevamos dentro el cielo y el infierno”
Wilde
El retrato de Dorian Gray

Esta novela habla es sobre el arte y el artista; sobre los placeres y las exaltaciones; sobre la aristocracia y el despiadado rencor. Es una historia oscura sobre el hedonismo y el arte, sobre el papel del artista en una sociedad que lo señala, lo exhibe, lo humilla, pero también lo exalta y convierte en ídolo, a quien parece justificársele todo.
           
“—Adoro los placeres sencillos —dijo lord Henry—. Son el último refugio de las almas complicadas.”

Dorian es un joven, hermoso y aristócrata, un ángel aparentemente inofensivo, capaz de provocar una admiración compulsiva y enferma que, poco a poco, se convierte en repulsión; es un rey Midas que del mismo modo que hace brillar a alguien, lo apaga por completo. Quizá su tema principal sea el narcicismo, ese amor propio del hombre llevado hasta la exaltación más grosera: el hombre como objeto de adoración. Dorian representa un semidios a quien la gente admira e idolatra. En ese sentido, la novela reflexiona sobre el papel del artista más que en su propia producción personal. ¿Es más importante su quehacer artístico o su vida personal? Esta obra invita a reflexionar al respecto y sobre otros temas.

Ahora, mientras miraba fijamente la imagen de su belleza, con una claridad fulgurante captó toda la verdad. Sí, en un día no muy lejano su rostro se arrugaría y marchitaría, sus ojos perderían color y brillo, la armonía de su figura se quebraría. Desaparecería el rojo escarlata de sus labios y el oro de sus cabellos. La vida que había de formarle al alma le deformaría el cuerpo. Se convertiría en un ser horrible, odioso, grotesco. Al pensar en ello, un dolor muy agudo lo atravesó como un cuchillo, e hizo que se estremecieran todas las fibras de su ser.


A lo largo de la trama, los personajes que se cruzan en la vida de Gray perecen a su encanto, como si la sola presencia y contemplación de éste provocara una fuente de emociones y reflexionan diversas sobre la vida, el arte, el amor y la efímera existencia. Sin duda, Oscar Wilde supo retratar a la perfección la vanidad, la enajenación, el arte, el rencor. Finalmente en 1895, Inglaterra se escandalizó cuando salió a la luz su romance con un menor de edad, Lord Alfred Douglas, poco después el padre de éste lo acosó y lo llevó a juicio, donde fue condenado a trabajos forzados por dos años, se le retiraron sus derechos como padre y su mujer e hijo tuvieron que cambiarse el apellido. Durante los juicios en su contra, se leyeron extractos de este libro.

Oscar Wilde murió el 30 de noviembre de 1900, en París a la edad de cuarenta y seis años de una infección en el oído. Su última declaración fue un tanto cómica: “Estoy muriendo por encima de mis posibilidades”.

lunes, 15 de abril de 2019

Vamos al teatro


Feliz y la mierda
Por Julio Sarabia

“Cuando somos felices siempre somos buenos, pero cuando somos buenos no siempre somos felices.”
El cuadro de Dorian GrayOscar Wilde



“Vamos al teatro, pero vístete bien. No vayas a salir con esas garras que luego hacen a la gente murmurar”. “Oye, pero yo sólo quiero ver teatro”. “¡Cállate!, haz lo que digo, vístete y vámonos”. Sales al teatro, esta vez acompañado. Siempre tomas el metro o la bici para llegar, pero hoy toca Uber, pues la idea es llegar a tiempo. Llegan. Tienes la esperanza de que ella, tu pareja, le valga un reverendo comino como vayas vestido. “La gente sólo quiere ver buen teatro”, piensas. “Te equivocas, la gente va al teatro como si fuera a un baile de cámara o a una cena de gala, se peina y se viste con glamour. Y tú que pensaste que el teatro se trataba sólo de sentarse y apreciar la magia. Pues sí, ¡qué se jodan los demás, yo vengo a ver buen teatro!”, sentencias.

En esta ocasión se trata de Happy, escrita por Roberto Caisley y dirigida por Angélica Rogel. La sala está llena. Tú y tu acompañante se sientan en un buen lugar, no en el centro, pero es un buen lugar. Tercera llamada, las luces se encienden y la voz de Eva (Regina Blandón) acciona el botón de salida, ya estamos en la acción. Al poco tiempo, Alfredo (Pablo Perroni) llega empapado, un hombre maduro con pinta de tipo feliz, buena onda, mesurado, convencional, de los que no hacen lío. Pero, en realidad, es mucho peor, ya que Alfredo es la felicidad irascible andando, además de ser un escritor retirado (no se consagró y sólo publicó una colección de cuentos malogrados), que termina “felizmente” dando clases de literatura francesa, un poco la suerte de muchos escritores retirados. También está “felizmente” casado desde hace más de diez años con Melinda (Yuriria del Valle), una mujer que habla hasta por los codos. Tal para cual, la típica parejita ejemplar.


Toda la acción se desarrolla en el apartamento de Eduardo (Juan Ríos), un artista plástico, cuarentón que, además, es un mujeriego. La historia comienza con una comida sorpresa en casa de Eduardo, cuyo motivo es presentar a “su nueva mujer”, la conquista en turno; sin embargo cuando llega Alfredo, su amigo no está. Como dije, Alfredo irrumpe en la casa llevando los pantalones mojados y con sonrisita pendeja, quien lo recibe es una sensual jovencita en bata de baño llamada Eva. Como no queriendo la cosa, sostienen una charla superficial que poco a poco se vuelve más profunda, lo que ayuda a que el espectador los conozca mejor. Se sabe, por ejemplo, que Alfredo tiene una hija con necesidades especiales, que está casado y tiene una vida ejemplar como de revista HOLA; por el contrario, Eva es una mujer atormentada, con un pasado lleno de desvaríos y muertes (su hermano se suicidó y su expareja la golpeaba); aspira a ser artista plástica, pero su obra que todos vemos es, por decirlo menos, una tontería, vaya artista no es, al menos no plástica. Lo que sí tiene a su favor es carácter y cinismo, habla con soltura, tirando a matar, la vida la queda chica y su mejor don es poner a las personas en jaque, vaya saca lo peor de los demás.

            Finalmente llega Eduardo y poco después Melinda. La reunión incluye anécdotas, recuerdos, opiniones, enfrentamientos, un menú exprés y mucho alcohol de por medio. Conforme transcurre la noche, la situación se torna cada vez más compleja; el vino funge como detonador de confesiones demoledoras.



Es una comedia ácida, negra, sobre las relaciones humanas, los lazos endebles, las buenas costumbres rotas, las pretensiones y máscaras de un supuesto bienestar. La pieza va ascendiendo por una vereda ríspida, la tensión aumenta, las palabras dan como torpedos al corazón de cada personaje, de cualquier modo no sabes si llorar o reír, o todo al mismo tiempo. “Ese Alfredo, ¿te das cuenta?, es un pendejo, le faltan huevos para enfrentar la vida”, dice ella. “¿Pero qué me dices de Eva? Muchos huevos, pero está hecha un lío”, agregas tú. La función termina con una sacudida de 1000 volts, la felicidad es una figuración, es un final poderoso, fuerte. Después de este tipo de puestas no queda más que regresar a casa y pensar un poco que la felicidad nos cuesta caro pero más las apariencias. La gente aplaudió mucho, y vaya no es para más, la obra tiene corazón.

¡Felicidades!