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domingo, 10 de enero de 2021

Más fuego, más viento de Susanna Tamaro

 

“TheLibrook, un espacio para los amantes de los libros”
Hoy presentamos: Más fuego, más viento de Susanna Tamaro  



Susanna Tamaro nació en Trieste en 1957, es descendiente del gran escritor Italo Svevo. Tal parece que su vida literaria, desde el principio, estuvo destinada al éxito. Con su primera novela: La cabeza en las nubes, ganó el premio Elsa Morante y con Para una voz sola, el Pen Club Internacional. Su novela Donde el corazón te lleve la consagró como una figura literaria implacable, vendiendo millones de ejemplares alrededor del mundo. Cabe mencionar, como no queriendo la cosa, que no soy un lector asiduo de los denominados best sellers, por una cuestión más bien de mercado que de contenido; tampoco afirmo ni que un libro vendible sea bueno o malo. Lo que es un hechos y pasa con frecuencia, es descubrir obras inteligentes, con estilos depurados, ágiles, maduros y refinado, no logren convertirse en “libros famosos” y vendibles al mismo tiempo. Claro está, también es posible encontrarse con libros de alto contenido literario y, al mismo tiempo, vendibles, los libros de Susanna Tamaro consiguen hacerlo.

 

Más fuego, más viento fue un viaje espiritual hacia el interior del corazón; un viaje que me dejó un hueco profundo en mi pecho, en mi ser y en mi imaginación, dejando en manifiesto la profunda herida que todavía, de cuando en cuando, me produce esa sombra y quebranto del pasado. Y  confieso también, que conforme realicé este viaje epistolar –que comprende un año de cartas entre la autora y una amiga imaginaria—, comprendí el camino tan importante y necesario de la restauración. En este sentido, este libro bien podría parecer o convertirse en una suerte de curso sobre la sanidad del corazón y el alma. Es conmovedor en una palabra, su estilo cuidado, está construido con una bellísima pluma entre la elegancia, la profundidad y verosimilitud de sus personajes, así como la historia que devela la experiencia que alcanzan algunos con los años; está lleno de sabiduría, es honesto, da la impresión de haber asistido a una larga conversación entre dos mujeres que hablan de la vida, el corazón, el alma, el Espíritu y el camino para descubrir la luz y la oscuridad latente y vibrante en cada uno de nosotros.

 

Susanna Tamaro

A decir verdad, no tenía ningún referente previo a Susanna Tamaro, en realidad la descubrí casi por accidente o por azar o mejor aún, por destino, en una de mis muchas visitas a la biblioteca Vasconcelos y apenas abrí la primera página, supe que estaba delante de una obra de magnitudes espirituales. No siempre me voy con lecturas de índole espiritual  (aunque lo maneja de una manera muy cuidadosa, pero contundente, Susanna es una mujer de fe), mas vale la pena asomarse a una de sus páginas y darse la oportunidad de un viaje interior hacia el Espíritu, además tiene momentos y capítulos conmovedores, enseñanzas de vida con ejemplo prácticos y te va a hacer llorar, con seguridad. He descubierto una maravillosa autora, no cabe duda. 

“Toda transformación implica movimiento que va del interior hacia el exterior. Si logró cambiar en profundidad, cambia también el mundo que me rodea. Si cambio sólo las palabras, las ideas, las costumbres mentales, en torno a mí todo se queda como antes. Para cumplirse, la historia espera la redención de los corazones.


Es por esta razón que hemos hablado siempre de lo que nos sucedía adentro y nunca de lo que ocurría afuera. No hemos hablado en nuestras cartas de las guerras y los atentados, de las devastaciones y los abusos, no porque no me haya tocado o herido, al contrario, sino porque no había llegado el momento de afrontarlos. Hemos trabajado sobre el corazón y las entrañas para que naciera un sentimiento de asombro y de atención”.

Foto: Julio Sarabia

 

jueves, 24 de diciembre de 2020

El Eterno Niño

 

El Eterno Niño

 

Es el Eterno Niño, es el dios que faltaba
Es lo humano natural,
es lo divino que sonríe y juega.
Y por eso yo sé con toda certeza
Que él es el Niño Jesús verdadero.
Alberto Caerio.

 

Celestino, anoche encontré el cuerpo de un grillo, ya no se movía, no dormía, estaba muerto. En mi casa, los grillos ya no cantan, tan sólo vienen y se mueren debajo de los libreros y a veces los gatos se los comen. ¿Dónde estás, Celestino?, no ves que le tengo miedo a los fantasmas. Los grillos y lagartijas se mueren debajo de los libreros. Y Celestino que no aparece. Si no llegas, me iré durmiendo hasta despertar en el paraíso. La voz del niñito Celestino no es un canto, incluso a ratos es intraducible y, sin embargo, cuando estoy quedándome dormido, me habla muy bajito y su voz es un rezo y un canto y yo le creo. No te vas a morir –me dice Celestino— ni apretando los ojos bien fuerte, ni comiéndote todos los grillos moribundos de los libreros. La voz de Celestino parte en dos el miedo a los fantasmas y a la muerte. No hay un paraíso, ni los ángeles del cielo resguardarán tu entrada al mundo eterno, dice Celestino mostrándome sus dientes. Y el miedo a morir, se disipa, y la idea del paraíso me parece tan inocente y, por tanto, tan tonta. Celestino atrapa un grillo en la penumbra y sopla en el hueco de su mano. Sopla. Sopla. Sopla y el canto del grillo resuena en el hueco de su mano. ¿Eres un niño divino, Celestino? Y el grillo canta tan fuerte que despierta a los gatos y antes de que amanezca, cientos de grillos cantan sobre mi cama. Eres el niñito dios, Celestino. Abro mis ojos. Ni los grillos, ni los gatos yacen sobre mi cama, ¿dónde están? En su lugar, sobre mi cama, aparece carta escrita con una caligrafía temblorosa:

 

No hay un dios, ni un cielo, ni un niño divino que despierta a los grillos, es un sueño vívido y tú sueñas despierto que estoy contigo y juntos cantamos como los grillos, los jilgueros, los sapos y los niños. Cantamos ¡Aleluya! ¡Aleluya a los grillos que cantan cuando todos están dormidos!  ¡Aleluya a los niños que luchan contra los fantasma! ¡Aleluya tú que estás vivo y yo que soy un niño, un sueño, Santo Celestino!

                                                                           El Eterno Niño.



Dibújame un cordero